Ésta fue la escena 15 días antes de la elección de Alcalde en el 2008, durante un debate entre los candidatos de ese momento. Personalmente, quedé atónito y pensé que la campaña de Samuel Moreno, quien iba arriba en las encuestas, acababa de autodestruirse. No tenía ninguna duda que el próximo Alcalde sería Enrique Peñalosa quien iba de segundo en ese momento.
Un testimonio del propio candidato donde aceptaba sus debilidades éticas y su fuerte aferro a la siempre cuestionada filosofía de “el fin justifica los medios” era la fórmula perfecta para acabar una campaña. No obstante, la real sorpresa se dió los días subsiguientes cuando en el ambiente de la ciudad empezó a surgir la frase “pobrecito Samuel”, “Por lo menos fue honesto”, “puede que compre votos pero va a construir un Metro” y el inevitable desenlace que Samuel Moreno salió elegido con la votación más alta en la historia de esta ciudad.
Me ha llamado la atención las declaraciones de tantos ciudadanos que se ven escandalizados por las denuncias de corrupción y clientelismo que han salido a la luz pública. La ética se manifiesta en todos los niveles y si un político está dispuesto a violar las normas para hacerse elegir también las va a violar una vez esté posesionado. Desafortunadamente la cuestionada moral de los políticos es algo que los electores no castigan; por consiguiente, resulta en una sociedad que acepta actos de este tipo con tal de que sean, como dijo Turbay “en sus debidas dimensiones”.
Siempre he sido un fiel creyente que la honestidad y la ética son característica que debería tener un político, como requisito previo, para poder siquiera considerar ejercer la profesión. Afortunadamente, somos los ciudadanos quienes votamos por aquellos políticos que representen una ética sólida.
Tengo la esperanza de transmitir un mensaje que nos haga conscientes sobre el voto y que no repitamos la historia en Bogotá, cuando 1 millón de personas votaron por un candidato que aceptó un acto ilegal antes de las elecciones y ahora muchos se quejan porque a la ciudad la están saqueando, ojalá hayamos aprendido la lección.
WWW.FELIPERIOS.COM
Un testimonio del propio candidato donde aceptaba sus debilidades éticas y su fuerte aferro a la siempre cuestionada filosofía de “el fin justifica los medios” era la fórmula perfecta para acabar una campaña. No obstante, la real sorpresa se dió los días subsiguientes cuando en el ambiente de la ciudad empezó a surgir la frase “pobrecito Samuel”, “Por lo menos fue honesto”, “puede que compre votos pero va a construir un Metro” y el inevitable desenlace que Samuel Moreno salió elegido con la votación más alta en la historia de esta ciudad.
Me ha llamado la atención las declaraciones de tantos ciudadanos que se ven escandalizados por las denuncias de corrupción y clientelismo que han salido a la luz pública. La ética se manifiesta en todos los niveles y si un político está dispuesto a violar las normas para hacerse elegir también las va a violar una vez esté posesionado. Desafortunadamente la cuestionada moral de los políticos es algo que los electores no castigan; por consiguiente, resulta en una sociedad que acepta actos de este tipo con tal de que sean, como dijo Turbay “en sus debidas dimensiones”.
Siempre he sido un fiel creyente que la honestidad y la ética son característica que debería tener un político, como requisito previo, para poder siquiera considerar ejercer la profesión. Afortunadamente, somos los ciudadanos quienes votamos por aquellos políticos que representen una ética sólida.
Tengo la esperanza de transmitir un mensaje que nos haga conscientes sobre el voto y que no repitamos la historia en Bogotá, cuando 1 millón de personas votaron por un candidato que aceptó un acto ilegal antes de las elecciones y ahora muchos se quejan porque a la ciudad la están saqueando, ojalá hayamos aprendido la lección.
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